El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—Ese no es todavía mi nombre —dijo—, y en mi país acarrea una desgracia, según se dice, eso de llamar a las solteras con el nombre de sus prometidos antes de que el prometido sea su marido; ¡llámeme, pues, Mercedes, se lo ruego!

—Hay que perdonar al buen vecino Caderousse —dijo Dantès—, ¡se equivoca por tan poca cosa!

—¿Así que la boda será inminente, señor Dantès? —dijo Danglars saludando a los dos jóvenes.

—Lo antes posible, señor Danglars; hoy, la aprobación en casa de papá Dantès, y mañana o pasado mañana, a más tardar, la comida de compromiso, aquí, en La Reserve. Estarán los amigos, espero; ni que decir tiene que está usted invitado, señor Danglars; ni que decir tiene que tú también, Caderousse.

—¿Y Fernand —dijo Caderousse riendo con una risa pastosa—, Fernand lo está también?

—El hermano de mi mujer es mi hermano —dijo Edmond—, y lamentaríamos mucho, Mercedes y yo, que se apartara de nosotros en un momento así.

Fernand abrió la boca para responder; pero la voz expiró en su garganta, y no pudo articular ni una sola palabra.

—Hoy la aprobación, mañana o pasado mañana el compromiso… ¡diablos! Mucha prisa tiene usted, capitán.


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