El Conde de Montecristo

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Sin embargo, a pesar de esa supuesta resignación a los decretos de la Providencia, no vayamos a creer que por eso nuestro posadero dejaba de sentir profundamente el estado de miseria al que se veía reducido a causa de ese miserable canal de Beaucaire, ni que fuera invulnerable a las incesantes quejas con las que la mujer le acosaba. Era como todos los meridionales un hombre sobrio y sin grandes necesidades, pero vanidoso para las cosas externas; así, en tiempos de prosperidad no dejaba pasar ni una sola fiesta del marcaje de las reses, ni una procesión de la Tarasca, sin dejarse ver con La Carconte, con uno de esos trajes pintorescos de los hombres del Mediodía, y que tienen a la vez algo de catalán y de andaluz; y ella con ese encantador traje de las mujeres de Arlés que parece copiado de los Grecia y de Arabia; pero, poco a poco, cadenas de reloj, collares, cinturones de mil colores, corpiños bordados, chaquetas de terciopelo, medias de elegantes adornos, abigarradas polainas, zapatos con hebillas de plata, iban desapareciendo, y Gaspard Caderousse, al no poder mostrarse a la altura de su antiguo esplendor, había renunciado, para sí y para su mujer, a todas esas pompas mundanas y, reconcomiéndose en silencio, oía todos los alegres ruidos de esas fiestas que llegaban hasta su pobre posada, posada que continuaba regentando más como un refugio que como un negocio.



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