El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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Su mujer, por el contrario, que de soltera se llamaba Madeleine Radelle, era una mujer pálida, delgada y de aspecto enfermizo; nacida en los alrededores de Arlés, y aún conservando los primitivos rasgos de la belleza tradicional de sus compatriotas, veía cómo su rostro se estropeaba lentamente, por los accesos, casi continuos, de una de esas fiebres sordas tan comunes entre la población vecina de las lagunas de Aiguemortes y de las marismas de la Camargue. Así que casi siempre estaba encerrada y tiritando en su habitación situada en el primer piso, a veces tendida en un sillón, o apoyada en la cama, mientras que su marido montaba su guardia habitual en la puerta; guardia que prolongaba tanto más a gusto dado que cada vez que se veía con su agria mitad, esta le perseguía con sus eternas quejas por su mala suerte, quejas a las que su marido respondía habitualmente con estas palabras filosóficas:

«¡Calla, La Carconte, calla!, Dios así lo quiere.»

Ese apodo de La Carconte venía porque Madeleine Radelle había nacido en el pueblo de La Carconte, situado entre Salon y Lambesc. Así que siguiendo la costumbre del país, en el que a casi todo el mundo le llaman casi siempre por un apodo en lugar de por su propio nombre, su marido había sustituido el nombre de Madeleine, demasiado dulce y eufónico quizá para su rudo lenguaje, por el de La Carconte.


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