El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —Comencemos por su padre, por favor —dijo el abate—. Edmond me habló mucho de ese anciano por el que sentÃa un amor profundo.
—La historia es triste, señor —dijo Caderousse moviendo la cabeza—; usted conoce probablemente el principio.
—Sà —respondió el abate—, Edmond me contó toda su vida hasta el momento en el que fue arrestado, en un pequeño cabaré cerca de Marsella.
—¡En la Reserve! ¡Oh, Dios mÃo! SÃ, recuerdo todo como si estuviera aún allÃ.
—¿No era, incluso, el banquete de su compromiso?
—SÃ, y la comida, que tuvo un alegre comienzo, tuvo un triste final: entró un comisario de policÃa seguido de cuatro fusileros y arrestaron a Dantès.
—Aquà es donde se acaba lo que yo sé, señor —dijo el sacerdote—. El mismo Dantès no sabÃa nada más que lo estrictamente personal, pues no volvió a ver a ninguna de esas cinco personas que le he nombrado, ni oyó hablar de ellas.