El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —Este diamante debÃa repartirlo entre sus amigos; Edmond no tenÃa más que un único amigo: el reparto es, pues, inútil. Coja este diamante y véndalo; vale cincuenta mil francos, se lo repito, y esa suma, espero, bastará para sacarle de la miseria.
—¡Oh! Señor —dijo Caderousse avanzando tÃmidamente una mano y secándose el sudor que perlaba su frente con la otra—. ¡Oh, señor! ¡No querrá usted tomarse a broma la dicha o la desesperación de un hombre!
—Yo sé lo que es la dicha y lo que es la desesperación, y nunca jugaré con los sentimientos. Ande, tome, pero a cambio…
Caderousse, que tocaba ya el diamante, retiró la mano.
El cura sonrió.
—A cambio —continuó—, deme esa bolsa de seda roja que el señor Morrel dejó sobre la chimenea del viejo Dantès, y que, por lo que me ha dicho, continúa en su poder.
Caderousse, cada vez más asombrado, fue hacia un armario de roble, lo abrió y dio al abate una bolsa alargada, de seda roja descolorida, alrededor de la cual se deslizaban dos anillos de cobre, que fueron dorados antaño.
El abate la cogió, y a cambio entregó el diamante a Caderousse.