El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —¡Ah! Es usted un hombre de Dios, señor —exclamó Caderousse—, pues en realidad nadie sabÃa que Edmond le habÃa dado este diamante y usted podrÃa habérselo guardado.
«Bueno», se dijo a sà mismo el abate, «tú lo hubieses hecho, por lo que parece».
El clérigo se levantó, cogió el sombrero y los guantes.
—¡Ah! Bueno —dijo—, todo lo que me ha dicho es cierto, ¿no es eso? ¿Puedo creerlo punto por punto?
—Mire, señor cura —dijo Caderousse—, mire en el rincón de esa pared un Cristo de madera bendita; mire sobre ese mueble el libro de los Evangelios de mi mujer: abra ese libro, y le voy a jurar sobre los Evangelios y con la mano extendida hacia el Cristo, por la salvación de mi alma, por mi fe de cristiano, ¡le juro que le he dicho todo tal como pasó, y como el ángel de los hombres le dirá al oÃdo de Dios el dÃa del Juicio Final!
—Está bien —dijo el cura, convencido por ese tono de que Caderousse decÃa la verdad—, está bien; ¡que le aproveche este dinero! Adiós, me voy de nuevo lejos de los hombres que se hacen tanto daño los unos a los otros.