El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Y el abate, librándose con gran esfuerzo de los entusiastas impulsos de Caderousse, quitó él mismo la barra de la puerta, salió, subió a su caballo, saludó por última vez al posadero que se deshacía en ruidosos adioses, y partió, por el mismo camino por donde había venido.
Cuando Caderousse se dio la vuelta, vio tras él a La Carconte, más pálida y más temblorosa que nunca.
—¿Es cierto lo que he oído? —dijo.
—¿Qué? ¿Que nos ha dado el diamante para nosotros solos? —dijo Caderousse casi loco de alegría.
—Sí.
—Nada más cierto, míralo.
La mujer lo miró un instante; después, con voz sorda:
—¿Y si fuera falso? —dijo.
Caderousse palideció y titubeó.
—Falso —murmuró—, falso… ¿Y por qué iba a darnos ese hombre un diamante falso?
—Para conseguir tu secreto sin pagar por ello, ¡imbécil!
Caderousse quedó un instante aturdido bajo el peso de esa suposición.
—¡Oh! —dijo al cabo de un instante, cogiendo el sombrero que se puso sobre el pañuelo rojo anudado a la cabeza—. Vamos a saberlo enseguida.
—¿Y cómo?