El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo La casa Morrel
Quien hubiera dejado Marsella algunos años antes, conociendo el interior de la casa Morrel, y que hubiera entrado en la época en la que estamos, hubiera encontrado un gran cambio.
En lugar de ese aire de vida, de bienestar y de dicha que exhala, por decirlo así, una casa en vías de prosperidad; en lugar de esas caras alegres mostrándose tras las cortinas de las ventanas, de esos empleados atareados, yendo de un lado a otro por los pasillos, con una pluma de escribir tras de la oreja; en lugar de ese patio atestado de paquetes, oyéndose los gritos y las risas de los corredores de comercio, hubiera encontrado, al primer golpe de vista, yo no sé qué sensación de tristeza y de muerte. En ese corredor desierto y en ese patio vacío, de los numerosos empleados que antaño poblaban los despachos, sólo quedaban dos: uno era un joven de veintitrés o veinticuatro años, llamado Emmanuel Raymond, que estaba enamorado de la hija de Morrel, y se había quedado en la casa por más que hicieron sus padres para sacarlo de allí; el otro era un antiguo ayudante del cajero, tuerto, llamado Coclès, apodo que le pusieron los jóvenes que poblaban entonces esta gran colmena bulliciosa, hoy casi deshabitada, y que había reemplazado de tal manera a su verdadero nombre que, según toda probabilidad, hoy ni siquiera se hubiese dado la vuelta si alguien le hubiese llamado por su nombre verdadero.
