El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —¡Pues bien, justamente! Eso fue lo que nos perdió. Al cabo de doce horas en las que fuimos zarandeados como si el diablo hubiera tomado las armas, se declaró una vía de agua. “Penelon”, me dijo el capitán, “creo que nos hundimos, viejo; dame el timón y baja a la bodega”.
»Yo le paso el timón, bajo; había ya tres pies de agua. Subo gritando: “¡A las bombas!, ¡a las bombas!”. ¡Ah! Claro, era ya demasiado tarde. Nos pusimos a la tarea; pero cuanta más agua sacábamos, más entraba.
»“¡Ah!”, dije al cabo de cuatro horas de trabajo, “ya que nos hundimos, dejémonos hundir, ¡sólo se muere una vez!”.
»“¿Es así como das ejemplo, maese Penelon?”, me dijo el capitán; “pues bien, ¡espera, espera!”.
»Y se fue a la cabina a buscar un par de pistolas.
»“¡Al primero que deje las bombas le levanto la tapa de los sesos!”, dijo.
—Bien —dijo el inglés.