El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —No hay nada mejor que dĂ© valor como las buenas razones —continuĂł el marinero—, sobre todo porque, mientras tanto, el tiempo se habĂa aclarado y el viento habĂa amainado; pero no es menos cierto que el agua seguĂa subiendo, no mucho, quizá dos pulgadas por hora, pero de todas formas subĂa. Dos pulgadas por hora, mire usted, eso parece que no es nada; pero en doce horas no son menos de veinticuatro pulgadas, y veinticuatro pulgadas son dos pies. Con dos o tres pies que ya tenĂamos, eso nos suma cinco. Ahora bien, cuando un barco tiene cinco pies de agua en el vientre, bien puede pasar por estar aquejado de hidropesĂa.
»“Vamos”, dijo el capitán, “es asà como el señor Morrel no tendrá nada que reprocharnos: hemos hecho lo que hemos podido por salvar el barco; ahora hay que tratar de salvar a los hombres: ¡a la chalupa, muchachos, y más deprisa que eso!”.
»Escuche, señor Morrel —continuĂł Penelon—, querĂamos mucho al Pharaon, pero por mucho que un marino quiera a su barco, más quiere a su pellejo. AsĂ que no nos lo tuvo que decir dos veces; mientras tanto, mire usted, que hasta el barco se quejaba y parecĂa que nos decĂa: “¡Pero marchaos de una vez, marchaos de una vez!”. Y no mentĂa, el pobre Pharaon, literalmente le veĂamos hundirse bajo nuestros pies. Tanto que en un abrir y cerrar de ojos la chalupa estaba en el mar, y estábamos los ocho allĂ dentro.