El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo »El capitán bajó el último, o más bien no, él no bajó, pues no quería abandonar el barco, fui yo quien le agarré y le tiré a los camaradas, después de lo cual yo también salté. Era justo el momento. En cuanto caí en la lancha, el puente se derrumbó con tal estruendo que se hubiera dicho la andanada de un navío de cuarenta y ocho.
»Diez minutos después, se hundió por la proa, después, la popa, después se puso a girar sobre sí mismo como un perro que quiere alcanzarse la cola; y finalmente, adiós a la compañía, ¡brrruuu!…, ya está todo dicho, ¡adiós al Pharaon!
»En cuanto a nosotros, nos quedamos tres días sin comer ni beber; tanto que echamos a suertes para saber quién de nosotros alimentaría a los demás, cuando avistamos la Gironde: hicimos señales, nos vio, puso rumbo hacia nosotros, nos envío su chalupa y nos recogió. Así es como ocurrió todo, señor Morrel, ¡palabra de honor! ¡Palabra de marino! ¿No es así, eh, vosotros?
Un murmullo general de aprobación indicó que el narrador había reunido todos los sufragios por la verdad de fondo y por lo pintoresco de los detalles.