El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—Bien, amigos míos —dijo el señor Morrel—, son ustedes gente valiente, y ya sabía yo por adelantado que en la desgracia que me venía no había ningún culpable sino el destino. Es la voluntad de Dios, y no la culpa de los hombres. Adoremos la voluntad de Dios. Ahora, ¿cuánto se les debe de sueldo?

—¡Oh! ¡Bah! No hablemos de eso ahora, señor Morrel.

—Al contrario, hablemos de ello —dijo el armador con una triste sonrisa.

—Pues bien, se nos debe tres meses… —dijo Penelon.

—Coclès, pague doscientos francos a cada uno de estos valientes muchachos. En otra época, amigos míos —continuó Morrel—, hubiese añadido: «Dé a cada uno doscientos francos de gratificación»; pero son malos tiempos, amigos míos, y el poco dinero que me queda ya no me pertenece. Discúlpenme, pues, y no me aprecien menos por ello.

Penelon hizo una mueca de ternura, se volvió hacia sus compañeros, intercambió con ellos algunas palabras y volvió.

—Respecto a eso, señor Morrel —dijo pasando su mascada de tabaco al otro lado de la boca y lanzando a la antecámara un segundo salivazo que fue a acompañar al primero—, respecto a eso…

—¿A qué?


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