El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —Al dinero.
—¿Y bien?
—Y bien, señor Morrel, los camaradas dicen que, por el momento, les bastarÃa cincuenta francos a cada uno y que esperaremos para el resto.
—¡Gracias, amigos, gracias! —exclamó el señor Morrel, conmovido hasta el corazón—. Sois todos buena gente; pero coged el dinero, cogedlo, y si encontráis un servicio mejor, aceptadlo, sois libres.
Esta última parte de la frase produjo un efecto prodigioso en los dignos marineros. Se miraron unos a otros asustados. Penelon, a quien le faltaba el aire, por poco se traga el tabaco; menos mal que se llevó a tiempo la mano a la garganta.
—¿Cómo es eso, señor Morrel? —dijo con voz rota—. ¿Cómo es eso, nos despide? ¿Es que está usted descontento de nosotros?
—No, hijos mÃos —dijo el armador—; no, no estoy descontento de ustedes, muy al contrario. No, no les despido. ¿Pero, qué quieren? Ya no tengo barcos, ya no necesito marineros.
—¡Cómo que ya no tiene barcos! —dijo Penelon—. Pues bien, mande construir otros, esperaremos. Gracias a Dios, nosotros sabemos bien lo que es barloventear.