El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—No me queda dinero para construir más barcos, Penelon —dijo el armador con una triste sonrisa—, ya no puedo aceptar la oferta de ustedes, por muy amable que sea.

—Pues bien, si no le queda dinero, no hace falta que nos pague; entonces haremos como el pobre Pharaon, iremos a palo seco, ¡eso es todo!

—Basta, basta, amigos míos —dijo Morrel ahogado por la emoción—; vamos, se lo ruego. Nos volveremos a ver en tiempos mejores. Emmanuel —añadió el armador—, acompáñeles y vele por que se cumplan mis deseos.

—Al menos será un hasta luego, ¿no es así, señor Morrel? —dijo Penelon.

—Sí, amigos míos, eso espero, al menos; vamos.

E hizo un gesto a Coclès, que fue delante de ellos. Los marineros siguieron al cajero, y Emmanuel fue detrás de ellos, cerrando el paso.

—Ahora —dijo el armador a su mujer y a su hija—, dejadme solo un instante; tengo que hablar con este señor.


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