El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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E indicó con la mirada al mandatario de la casa Thomson y French, que se había quedado de pie e inmóvil en un rincón a lo largo de toda esa escena, en la que no había tomado parte más que con algunas palabras que ya hemos constatado. Las dos mujeres levantaron la vista hacia el extranjero, al que habían completamente olvidado, y se retiraron; pero al retirarse, la joven echó una mirada a ese hombre, una mirada sublime de súplica, a la que el extranjero respondió con una sonrisa que un frío observador habría visto con asombro aflorar en ese rostro de hielo. Los dos hombres se quedaron solos.

—Y bien, señor —dijo Morrel dejándose caer en el sillón—, usted ha visto todo, ha oído todo, no tengo nada más que decirle.

—He visto, señor —dijo el inglés—, que le ha sucedido una nueva desgracia inmerecida como las otras, y eso me ha confirmado en mi deseo de serle útil.

—¡Oh, señor! —dijo Morrel.

—Veamos —continuó el extranjero—. Yo soy uno de sus principales acreedores, ¿no es así?

—Usted es, al menos, el que posee los valores de vencimiento más próximo.

—¿Desea usted una moratoria para pagarme?

—Una moratoria podría salvarme del honor, y en consecuencia, podría salvarme la vida.

—¿Qué tiempo necesita?

Morrel dudó.


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