El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —Dos meses —dijo.
—Bien —dijo el extranjero—, le doy tres.
—¿Pero cree usted que la casa Thomson y French…?
—Esté tranquilo, señor, yo me hago cargo de todo. Hoy estamos a 5 de junio.
—SÃ.
—Y bien, renuéveme todos los pagos al 5 de septiembre; y el 5 de septiembre, a las once de la mañana —el reloj marcaba las once en ese momento—, me presentaré aquÃ.
—Le esperaré, señor —dijo Morrel—, y a usted se le pagará, o yo estaré muerto.
Estas últimas palabras fueron pronunciadas en voz tan baja, que el extranjero no pudo oÃrlas.
Los pagos fueron renovados, destruyeron los antiguos, y el pobre armador se encontró, al menos, con tres meses por delante para reunir todos sus recursos.
El inglés recibió las muestras de agradecimiento con la flema particular de su paÃs, y se despidió de Morrel, que le acompañó bendiciéndole hasta la puerta.
En la escalera se encontró con Julie. La joven simulaba bajar la escalera, pero en realidad le estaba esperando.
—¡Oh, señor! —dijo juntando las manos.