El Conde de Montecristo

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Desgraciadamente, ya por odio o por ceguera, no todos los acreedores de Morrel hicieron la misma reflexión, e incluso algunos hicieron la reflexión contraria. Los pagos suscritos por Morrel, fueron, pues, presentados en caja con escrupuloso rigor, y gracias al plazo acordado por el inglés, fueron pagados por Coclès puntualmente. Coclès continuó, pues, en su fatídica tranquilidad. Solamente el señor Morrel vio con terror que si hubiera tenido que rembolsar el día 15 los cincuenta mil francos de Boville, y el 30, los treinta y dos mil quinientos, más la deuda del inspector de prisiones, sería, desde ese mes, un hombre perdido.

La opinión de todo el comercio de Marsella era que, tras los sucesivos reveses que le hundían, Morrel no podría mantenerse. El asombro fue grande cuando se vio que el fin de mes había sido llevado a cabo con su exactitud ordinaria. Sin embargo, no por eso volvió la confianza a los marselleses, y remitieron unánimemente al final del mes próximo la declaración de quiebra del desgraciado armador.






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