El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—Yo no quiero callarme —dijo Caderousse—, yo quiero que se me diga por qué meterían a Dantès en prisión. Yo, yo quiero a Dantès. ¡A tu salud, Dantès!

Y se echó al coleto otro vaso de vino.

Danglars siguió en los ojos alucinados del sastre la progresión de la embriaguez, y volviéndose hacia Fernand:

—Y bien —dijo Danglars—, ¿comprende usted que no hay necesidad de matarle?

—Ciertamente, no, si como usted decía ahora hubiera un modo de que le arrestaran. Pero ese modo, ¿lo tiene usted?

—Buscando bien —dijo Danglars—, se podría encontrar la manera. Pero —continuó—, ¡qué diablos! ¿Por qué voy a meterme yo en eso? ¿A mí qué me incumbe?

—Yo no sé si eso le incumbe a usted o no —dijo Fernand cogiéndole por el brazo—; pero lo que sí sé es que usted tiene algún motivo de odio particular hacia Dantès: el que también odia no se equivoca sobre el sentimiento de los demás.

—¿Yo, motivos para odiar a Dantès? Ninguno, palabra de honor. Sólo que he visto que usted es desgraciado y su desgracia me ha preocupado, eso es todo; pero en cuanto usted crea que actúo en mi propio beneficio, adiós, mi querido amigo, arrégleselas usted como pueda.


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