El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—Razona usted como un molusco, amigo mío —dijo Caderousse—, y ahí está Danglars que es un astuto, un tunante, un griego, que le demostrará que está usted equivocado. Demuéstreselo, Danglars, yo he respondido por ti. Dile que no es necesario que Dantès muera; además, sería lamentable que muriese Dantès. Es un buen muchacho, yo le quiero a ese Dantès. ¡A tu salud, Dantès!

Fernand se levantó, impaciente.

—Déjele que diga lo que quiera —repuso Danglars, reteniendo al joven—, y además, por muy borracho que esté, no se equivoca demasiado. La ausencia desune tanto como la muerte; y suponga que entre Edmond y Mercedes median los muros de una prisión, estarán separados ni más ni menos que como si mediara la losa de una tumba.

—Sí, pero de la prisión se sale —dijo Caderousse, que se agarraba a la conversación con lo que le quedaba de inteligencia—, y cuando uno sale de prisión y se llama Edmond Dantès, uno se venga.

—¡Qué importa! —murmuró Fernand.

—Además —repuso Caderousse—, ¿por qué habrían de meter a Dantès en prisión? No ha robado, ni matado, ni asesinado.

—Cállate —dijo Danglars.


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