El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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Y para llegar del dicho al hecho, Caderousse se puso a golpear la mesa con el vaso.

—¿Entonces, decía usted, señor? —repuso Fernand, esperando ávidamente la continuación de la frase interrumpida.

—¿Que qué decía yo? Ya no me acuerdo. Ese borracho de Caderousse me ha hecho perder el hilo de mis pensamientos.

—Borracho todo lo que quieras; allá ellos, los que temen al vino es que encierran malos pensamientos y temen que el vino se los saque del corazón.

Y Caderousse se puso a cantar los dos últimos versos de una canción muy en boga en aquella época:

Todos los malos beben agua,

está bien probado con el diluvio.

—Decía usted, señor —repuso Fernand—, que le gustaría aliviarme de mis penas; y añadía, pero…

—Sí, yo añadía pero…, para aliviarle de sus penas basta con que Dantès no se case con la mujer que usted ama; y el matrimonio puede muy bien evitarse, me parece, sin que Dantès tenga que morir.

—Sólo la muerte los separará —dijo Fernand.


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