El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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«¡El Pharaon! ¡El Pharaon!», clamaban todas las voces.

En efecto, cosa maravillosa, inaudita, frente a la torre Saint-Jean, un navío, que llevaba a popa estas palabras escritas en letras blancas: «El Pharaon Morrel e hijos de Marsella», absolutamente de la misma capacidad del otro Pharaon, y cargado como el otro de cochinilla y de índigo, echaba el ancla y cargaba velas; en el puente, el capitán Gaumard daba las órdenes, y maese Penelon hacía señales al señor Morrel.

Ya no cabía ninguna duda: el testimonio de los sentidos lo afirmaba, y diez mil personas venían a apoyar ese testimonio.

Cuando Morrel y su hijo se abrazaban en el malecón, ante los aplausos de toda la ciudad, testigo del prodigio, un hombre, que llevaba el rostro medio cubierto con una barba negra, y que, oculto tras la garita de un centinela, contemplaba la escena con ternura, murmuró estas palabras:

—Sé feliz, noble corazón; bendito seas por todo el bien que has hecho y que todavía harás; y que mi agradecimiento quede en la sombra como tus buenas obras.


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