El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —Muy bien —continuó Danglars—; asà su venganza tendrá sentido común, pues de ninguna manera entonces podrÃa recaer sobre usted y la cosa irÃa por sà sola; no habrÃa más que doblar esta carta, como lo estoy haciendo, y escribir encima: «Al señor fiscal del reino». Todo estarÃa dicho.
Y Danglars escribió la dirección riéndose.
—SÃ, todo estarÃa dicho —exclamó Caderousse que, en un último esfuerzo de entendimiento, habÃa seguido la lectura y que comprendÃa por instinto cuánta desgracia podrÃa traer una denuncia as×; sÃ, todo estarÃa dicho: solamente que serÃa una infamia.
Y alargó el brazo para coger la carta.
—Además —dijo Danglars empujando la carta fuera del alcance de su mano—, además, lo que digo y lo que hago, es bromeando; y yo serÃa el primero en enfadarme si le sucediese algo malo a Dantès, ¡a ese bueno de Dantès! Además, mira…
Cogió la carta, la arrugó entre las manos y la tiró a un rincón del cenador.
—Muy bien —dijo Caderousse—, Dantès es mi amigo y no quiero que le hagan daño.
—¡Eh! ¡Quién diablos piensa en hacerle daño! ¡No soy ni yo, ni Fernand! —dijo Danglars levantándose y mirando al joven que se habÃa quedado sentado, pero cuya aviesa mirada se comÃa con los ojos el papel acusador arrojado al rincón.