El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —Pero en fin —dijo Franz a su vez, interrumpiendo las reflexiones geográficas del hotelero—, usted ha subido para decirnos algo concreto; ¿quiere usted exponernos el objeto de su visita?
—¡Ah! Tiene usted razón; es esto: ¿han encargado ustedes la calesa para las ocho?
—Eso es.
—¿Y tienen la intención de visitar il Colosseo?
—Es decir, el Coliseo.
—Es exactamente lo mismo.
—De acuerdo.
—¿Usted ha dicho al cochero que salga por la puerta del Popolo, que vaya rodeando los muros y que entre por la puerta San-Giovanni?
—Esas son mis propias palabras.
—Pues bien, ese itinerario es imposible.
—¡Imposible!
—O, al menos, muy peligroso.
—¡Peligroso! ¿Por qué?
—A causa del famoso Luigi Vampa.
—En primer lugar, querido anfitrión, ¿qué es eso del famoso Luigi Vampa? —preguntó Albert—. Puede que sea muy famoso en Roma, pero le advierto que es totalmente ignorado en ParÃs.
—¡Cómo! ¿Ustedes no lo conocen?
—No, yo no tengo ese honor.