El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—No, en absoluto, e incluso, Excelencia, haría bien en no pensar más en ello y tomar la resolución que tenga que tomar. En Roma, las cosas se pueden o no se pueden. Cuando le dicen que no se puede, se acabó.

—En París es mucho más cómodo: cuando no se puede, se paga el doble y al momento se tiene lo que se pide.

—Eso es lo que oigo decir a todos los franceses —dijo maese Pastrini un poco picado—, por lo que no comprendo por qué viajan.

—Yo tampoco —dijo Albert echando flemáticamente el humo hacia el techo y balanceándose echando hacia atrás las dos patas traseras del sillón—; son los locos y los ingenuos como nosotros los que viajan; la gente sensata no deja su palacete de la calle del Helder, el bulevar de Gand y el Café de París.

Ni que decir tiene que Albert vivía en la susodicha calle, que hacía cada día su paseo fashionable, y que cenaba cotidianamente en el único café en el que se cena, cuando se está, después de todo, en buenos términos con los camareros.

Maese Pastrini se quedó un momento silencioso; era evidente que meditaba la respuesta de Albert que, sin duda, no le parecía lo suficientemente clara.


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