El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Retomaron enseguida el camino al hotel. En la puerta, Franz dio la orden al cochero para que volviese a las ocho de la tarde. Quería enseñar el Coliseo a Albert a la luz de la luna, como le había enseñado San Pedro en pleno día. Cuando uno enseña a un amigo una ciudad que ya ha visto, se pone en ello la misma coquetería que cuando se le enseña una mujer de la que ha sido amante.
En consecuencia, Franz trazó su itinerario al cochero; debía salir por la puerta del Popolo, continuar a lo largo de la muralla exterior y entrar por la puerta San Giovanni. Así el Coliseo se les aparecería sin preparación alguna, y sin que el Capitolio, el Foro, el arco de Septimio Severo, el templo de Antonino y Faustino y la Vía Sacra hubiesen servido de diferentes escalones colocados en el itinerario para empequeñecerlo.
Se sentaron a la mesa; maese Pastrini había prometido a sus huéspedes un festín: les dio una cena pasable; no había nada que decir.
Al final de la cena, el mismo Pastrini entró. Franz creyó en principio que era para recibir los cumplidos y ya se apresuraba a dárselos, cuando ante las primeras palabras, le interrumpió:
—Excelencia —dijo—, me halaga su aprobación, pero no era por eso por lo que he subido a verles…
—¿Es para decirnos que ha encontrado un coche? —preguntó Albert encendiendo un puro.