El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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Por muy habituado que estuviera Franz al énfasis italiano, su primer impulso fue mirar a su alrededor; pero era a él mismo a quien iban dirigidas esas palabras.

Franz era la «excelencia»; la «carroza» era el coche de alquiler; y el «palacio» era el hotel Londres.

Todo el ingenio laudatorio de la nación estaba en esa sola frase.

Franz y Albert bajaron a la calle. La «carroza» se acercó al «palacio», «sus excelencias» estiraron las piernas sobre la banqueta, el cicerone saltó al asiento trasero.

—¿Adónde desean ir Sus Excelencias?

—Pues primero a San Pedro y después al Coliseo —dijo Albert, como un verdadero parisino.

Pero Albert no sabía una cosa, y es que se necesita un día para visitar San Pedro, y un mes para estudiarlo; así que la jornada transcurrió entera visitando San Pedro.

De repente, los dos amigos se dieron cuenta de que la tarde empezaba a caer.

Franz sacó el reloj: eran las cuatro y media.


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