El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—Vamos, vamos, querido patrón, vamos —dijo Franz—, o voy yo mismo a regatear el precio con su affettatore, que también es el mío; es un viejo amigo mío, que ya me ha robado bastante dinero en su vida, y que, con la esperanza de seguir robándome, aceptará un precio inferior al que usted me ofrece; usted perderá la diferencia y será por su propia culpa.

—No se tome esa molestia, Excelencia —dijo maese Pastrini, con esa sonrisa de especulador italiano que se declara vencido—, haré lo que pueda y espero que quede usted satisfecho.

—¡De maravilla! A eso se le llama hablar.

—¿Para cuándo quieren ustedes el coche?

—Para dentro de una hora.

—Dentro de una hora estará en la puerta.

Una hora después, efectivamente, el coche esperaba a los dos jóvenes: era un modesto coche de alquiler que, vista la solemnidad de la circunstancia, había sido elevado a la categoría de calesa; pero por muy mediocre que fuera en apariencia, ambos jóvenes se hubieran sentido satisfechos si pudieran tenerlo para los tres últimos días de carnaval.

—¡Excelencia! —gritó el cicerone al ver a Franz que se asomaba a la ventana—. ¿Tengo que acercar la carroza al palacio?


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