El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —¡Vaya! —exclamó Franz—. Es una idea brillante, sobre todo para apagar los moccoletti nos disfrazaremos de polichinelas-vampiros o de habitantes de las Landas, y tendremos un éxito loco.
—¿Sus Excelencias desearÃan de todas formas un coche hasta el domingo?
—¡Pardiez! —dijo Albert—. ¿Es que usted cree que vamos a recorrer las calles de Roma a pie, como pasantes de notarÃa?
—Voy a apresurarme en ejecutar las órdenes de Sus Excelencias —dijo maese Pastrini—; pero les prevengo que el coche les costará seis piastras al dÃa.
—Y yo, mi querido señor Pastrini —dijo Franz—, yo, que no soy nuestro vecino el millonario, yo le prevengo que, dado que es la cuarta vez que vengo a Roma, conozco el precio de las calesas para los dÃas de diario y para los domingos y fiestas. Le daremos doce piastras por hoy, mañana y pasado mañana, y todavÃa le queda a usted un buen beneficio.
—Sà pero…, Excelencia… —dijo maese Pastrini, intentando protestar.