El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Al ver venir a este hombre, el joven marino dejó su puesto junto al práctico, y, sombrero en mano, vino a apoyarse en el pretil del barco.
Era un joven de dieciocho a veinte años, alto, esbelto, con unos hermosos ojos negros y cabello de ébano; toda su persona despedÃa ese aire tranquilo y resuelto propio de los hombres acostumbrados desde su infancia a luchar contra el peligro.
—¡Ah, es usted, Dantès! —gritó el hombre del bote—; ¿qué es lo que ha pasado, por qué ese aire de tristeza que se percibe a bordo?
—Una gran desgracia, señor Morrel —respondió el joven—, una gran desgracia, sobre todo para mÃ; a la altura de Civita-Vecchia hemos perdido al buen capitán Leclère.
—¿Y la carga? —preguntó rápidamente el armador.
—La carga llegó a buen puerto, señor Morrel, y creo que respecto a eso estará usted satisfecho; pero ese pobre capitán Leclère…
—¿Pues que le ocurrió? —preguntó el armador visiblemente aliviado—; ¿pues entonces qué le ocurrió, a ese buen capitán?
—Ha muerto.
—¿Se cayó al mar?
—No, señor; ha muerto de una fiebre cerebral, en medio de horribles sufrimientos.
