El Conde de Montecristo

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Junto a él, ya lo hemos dicho, se había colado Caderousse, Caderousse a quien la expectativa de una buena comida le había reconciliado con los Dantès, Caderousse a quien le quedaba en la memoria un vago recuerdo de lo que había sucedido la víspera, como cuando al despertarse por la mañana uno encuentra en su mente la sombra del sueño que tuvo mientras dormía.

Danglars, al acercarse a Fernand, echó una profunda mirada al amante despechado. Fernand, caminando tras los futuros esposos, completamente olvidado por Mercedes, que, en su egoísmo juvenil y arrebatador del amor, no tenía ojos más que para su Edmond. Fernand estaba pálido, después, rojo en súbitas bocanadas que desaparecían para dejar paso de nuevo a una palidez creciente. De vez en cuando miraba hacia Marsella, y entonces un temblor nervioso e involuntario se apoderaba de todos sus miembros. Fernand parecía esperar, o al menos presentir, algún gran acontecimiento.

Dantès iba vestido con sencillez. Como pertenecía a la marina mercante, llevaba un traje que participaba a partes iguales del uniforme militar y del traje civil, y bajo este traje, su buena cara, realzada por la alegría y la belleza de su prometida, era perfecta.


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