El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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Ni Mercedes ni Edmond veían esa malintencionada sonrisa de Fernand. Los pobres jóvenes eran tan felices que sólo se veían a sí mismos y a ese hermoso cielo puro que los bendecía.

Danglars y Caderousse cumplieron con su misión de embajadores, y después de intercambiar un apretón de manos bien fuerte y amistoso con Edmond, se fueron a coger sitio: Danglars al lado de Fernand, y Caderousse vino a colocarse junto al viejo Dantès, centro de la atención general.

El anciano iba vestido con su hermoso traje de tafetán alfilerado, adornado con grandes botones de acero tallado. Sus piernas delgaduchas, aunque aún musculosas, lucían unas magníficas medias de algodón moteado que olían a una legua a contrabando inglés. De su sombrero de tres picos colgaba un haz de cintas blancas y azules.

Finalmente, se apoyaba en un bastón de madera retorcida y curvada por la parte de arriba como un cayado antiguo. Uno diría de esos petimetres que paseaban su palmito allá en 1796 por los jardines nuevamente abiertos de Luxembourg y de las Tullerías.



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