El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Franz llevaba allí casi un cuarto de hora, perdido, como hemos dicho, en la sombra de una columna, siguiendo con la mirada a Albert que, acompañado por sus dos portadores de antorchas, acababa de salir de un vomitorium, al otro extremo del Coliseo, y que, cual sombras que siguen al fuego fatuo, descendían grada a grada hacia las plazas reservadas a las vestales, cuando le pareció oír rodar en las profundidades del monumento una piedra desprendida de la gradería situada en frente de la que él acababa de seguir para llegar al lugar donde ahora estaba sentado. Sin duda no es nada raro que una piedra se desprenda bajo el pie de los tiempos y vaya rodando al abismo; pero, esta vez, le parecía que era bajo el pie de un hombre por lo que la piedra había cedido, y que un ruido de pasos llegaba hasta él, aunque quien lo ocasionaba hiciera todo lo posible por amortiguarlo.
En efecto, al cabo de un instante, apareció un hombre, saliendo gradualmente de la sombra a medida que subía la gradería, cuyo orificio, situado en frente de Franz, estaba iluminado por la luna, pero cuyos escalones, a medida que los bajaba, se hundían en la oscuridad.