El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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Franz conocía este paseo por haberlo hecho ya unas diez veces. Pero como su compañero, más novicio, ponía por primera vez los pies en el monumento de Tito Flavio Vespasiano, debo confesarlo en su loor, a pesar del parloteo ignorante de los guías, estaba muy impresionado. Y es que, en efecto, cuando no se ha visto, no se tiene idea de la majestuosidad de una ruina así, en la que todas sus proporciones se ven aumentadas aún por la misteriosa claridad de esa luna meridional, cuyos rayos parecen un crepúsculo de occidente.

Así, apenas Franz, el pensador, hubo dado cien pasos bajo los pórticos interiores, abandonando a Albert y a sus guías, que no querían renunciar al derecho imprescriptible de mostrarle en todos sus detalles la Fosa de los leones, las mazmorras de los gladiadores y el pódium de los Cesares, se quedó en una gradería casi en ruinas y, dejándoles seguir con su ruta simétrica, fue sencillamente a sentarse a la sombra de una columna, frente a una abertura que le permitía abrazar al gigante de granito en toda su majestuosa extensión.





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