El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo El personaje, cuya llegada misteriosa había llamado la atención de Franz, estaba situado en una semipenumbra, lo que a Franz no le permitía distinguir sus rasgos, pero, sin embargo, no estaba lo suficientemente oscuro como para impedirle detallar su vestimenta. Iba envuelo en una gran capa oscura, con uno de sus extremos echado sobre el hombro izquierdo, cubriéndole la parte inferior del rostro, mientras que un sombrero de ala ancha le cubría la parte superior. Solamente una parte de su atuendo se encontraba iluminado por la luz oblicua que pasaba por la abertura, y que permitía distinguir un pantalón negro encajado coquetamente en una bota acharolada.
Ese hombre pertenecía evidentemente, si no a la aristocracia, sí al menos a la alta sociedad.
Estaba allí desde hacía algunos minutos y comenzaba a dar signos visibles de impaciencia, cuando un ligero ruido se dejó oír en la terraza superior.
En el mismo instante, una sombra interceptó la claridad, un hombre apareció en el orificio de la abertura, se inclinó para mirar hacia abajo, y vio al hombre de la capa; enseguida se agarró a un puñado de esas lianas y de esas hiedras colgantes, se deslizó por ellas y, una vez a unos tres o cuatro pies del suelo, saltó con ligereza a tierra. Este iba vestido como los hombres del Trastevere.