El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —Que habrá dos ejecuciones el martes a las dos, como es costumbre en Roma, al inicio de las grandes fiestas. Un condenado será mazzolato, es un miserable que ha matado a un sacerdote que le habÃa criado, y que no merece ningún interés. El otro será decopitato, y ese es el pobre Peppino.
—Qué quiere usted, querido amigo, inspira usted un terror tan grande, no sólo al gobierno pontificio, sino a los reinos vecinos, que quieren dar un verdadero escarmiento.
—Pero Peppino ni siquiera es de mi banda; es un pobre pastor que no ha cometido otro crimen que el de surtirnos de vÃveres.
—Lo que le hace perfectamente su cómplice. Por lo demás ya ve que tienen algunos miramientos con él: en lugar de molerlo a palos como harán con usted si alguna vez le ponen la mano encima, se van a contentar con guillotinarlo. Por lo demás, eso hará las delicias del pueblo, y habrá espectáculo para todos los gustos.
—Sin contar con el que les voy a dar yo, y que no se lo esperan —repuso el de Trastevere.
—Mi querido amigo, permÃtame que le diga —repuso el hombre de la capa— que me parece usted dispuesto a hacer alguna tonterÃa.