El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —Estoy dispuesto a todo con tal de impedir la ejecución del pobre diablo que está en ese apuro por haberme ayudado, ¡por la Madonna! Me sentirÃa como un cobarde si no hiciera algo por ese buen muchacho.
—¿Y que hará?
—Colocaré una veintena de hombres alrededor del cadalso, y en el momento en el que lo traigan, tras la señal que daré, nos lanzaremos sobre la escolta, puñal en alto, y nos lo llevaremos.
—Eso me parece muy arriesgado, y creo decididamente que mi proyecto es mejor que el suyo.
—¿Y cuál es su proyecto, Excelencia?
—Daré diez mil piastras a alguien que yo sé, y que conseguirá que la ejecución de Peppino sea pospuesta para el año próximo; después, a lo largo del año, daré otras mil piastras a otro que también me sé, y conseguirá que Peppino se evada de la prisión.
—¿Y está usted seguro de conseguir todo eso?
—¡Pardiez! —dijo en francés el hombre de la capa.
—¿Cómo? —preguntó el de Trastevere.
—Digo, querido amigo, que haré mucho más yo solo con el oro, que todos ustedes y toda su gente con sus puñales, sus pistolas, sus carabinas y sus trabucos naranjeros. Asà que déjenme obrar a mÃ.
—De maravilla; pero si usted fracasa, seguiremos estando preparados.