El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—Sigan preparados, si eso les place, pero estén seguros de que yo conseguiré su gracia.

—Es pasado mañana martes, tenga cuidado. No le queda más que mañana.

—Bien, pero el día se compone de veinticuatro horas, cada hora de sesenta minutos y cada minuto de sesenta segundos; en ochenta y seis mil cuatrocientos segundos se hacen muchas cosas.

—Si lo consigue, Excelencia, ¿cómo lo sabremos?

—Es muy sencillo. He alquilado las tres últimas ventanas del café Ruspoli; si obtengo el aplazamiento, las dos ventanas de las esquinas llevarán colgaduras de damasco amarillo, pero la del centro será de damasco blanco con una cruz roja.

—De maravilla, ¿y quién llevará la gracia?

—Envíenme a uno de sus hombres vestido de penitente y yo se la daré. Gracias a su condición de penitente podrá llegar al pie del cadalso y entregará la bula al jefe de la cofradía, quien la remitirá al verdugo. Mientras tanto, que Peppino conozca todo esto, no se nos vaya a morir de miedo o se nos vuelva loco, lo que sería causa de que hubiéramos hecho por él un gasto inútil.

—Escuche, Excelencia —dijo el campesino—, soy su más fiel devoto, y usted lo sabe, ¿no?

—Eso espero, al menos.


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