El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—Y bien, si usted salva a Peppino, en el futuro será más que devoción, será obediencia.

—¡Cuidado con lo que dices, amigo mío! Quizá te lo recuerde un día, pues quizá un día también yo te necesite…

—Y bien, entonces, Excelencia, me encontrará en el momento que me necesite, como yo le he encontrado ahora; y entonces, aunque estuviera usted al otro extremo del mundo, no tendrá más que escribirme: «haz esto», y lo haré, palabra de…

—¡Chsss! —dijo el desconocido—. Oigo ruido.

—Son unos viajeros que visitan el Coliseo a la luz de las antorchas.

—No es bueno que nos encuentren juntos. Esos soplones de guías podrían reconocerle; y por muy honorable que sea su amistad, mi querido amigo, si supieran que estamos relacionados como estamos, mucho me temo que esa relación me haría perder un poco de mi fiabilidad.

—¿Así que si obtiene el aplazamiento…?

—La ventana del centro llevará una colgadura de damasco blanco con una cruz roja.

—¿Y si no lo obtiene…?

—Las tres en amarillo.

—¿Y entonces…?

—Entonces, mi querido amigo, maneje el puñal a su gusto, se lo permito, y allí estaré para verle.


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