El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —No, no, al contrario; me hacen ustedes un gran favor que ya me devolverán un dÃa en ParÃs, uno u otro, o tal vez ambos. Señor Bertuccio, que pongan tres cubiertos.
Y cogió el bloc de notas de las manos de Franz.
—DecÃamos, pues —continuó en el mismo tono con el que hubiera leÃdo los cartelillos—, que «serán ejecutados, hoy 22 de febrero el llamado Andrea Rondolo, culpable de asesinato en la persona del muy respetable y venerado don Cesar Terlini, canónigo de la iglesia de San-Giovanni-in-Laterano, y el llamado Peppino, de nombre Rocca Priori, convicto de complicidad con el detestable bandido Luigi Vampa y los hombres de su banda…». ¡Mmm! «El primero sera mazzolato. El segundo, decapitato». SÃ, en efecto —repuso el conde—, asà era en principio como debÃan ir las cosas, pero creo que desde ayer ha ocurrido algún cambio en el orden y la marcha de la ceremonia.
—¡Bah! —dijo Franz.
—SÃ, ayer en casa del cardenal Rospigliosi, donde pasé la velada, se trataba de algo asà como de un aplazamiento acordado a uno de los dos condenados.
—¿A Andrea Rondolo? —preguntó Franz.