El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—Sí, Excelencia —respondió el intendente—, pero ya era demasiado tarde.

—¡Cómo! —dijo el conde frunciendo el ceño—. ¿No le dije que yo quería una ventana?

—Y Vuestra Excelencia tiene una, la que estaba alquilada al príncipe Lobanieff; pero me vi obligado a pagarla a cien…

—Está bien, está bien, señor Bertuccio, dispense a estos señores de los pequeños detalles domésticos; usted tiene la ventana: eso basta; puede irse.

El intendente saludó y dio un paso para retirarse.

—¡Ah! —repuso el conde—. Hágame el favor de preguntar a Pastrini si ha recibido la tavoletta, y si puede enviarme el programa de la ejecución.

—No es necesario —repuso Franz, sacando su bloc de notas del bolsillo—; he tenido delante de mis ojos esas tablillas, las he copiado, aquí están.

—Está bien; entonces, señor Bertuccio, puede usted retirarse, ya no le necesito. Sólo que nos avisen cuando esté el almuerzo servido. ¿Los señores —continuó dirigiéndose a los dos amigos— me hacen el honor de almorzar conmigo?

—Pero, señor conde —dijo Albert—, eso sería abusar.


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