El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —Sin contar que esos momentos son los mejores para estudiar los caracteres —dijo el conde—; en el primer escalón del patÃbulo la muerte arranca la máscara que se ha llevado en vida y aparece el verdadero rostro. Hay que convenir que el de Andrea no era agradable de ver… ¡Odioso sinvergüenza!… ¡Vistámonos, señores, vistámonos!
Hubiera sido ridÃculo que Franz se pusiera en plan niña mimada y no siguiera el ejemplo que le daban sus dos compañeros. Asà que, a su vez, se puso el traje y la máscara, que no era ciertamente más pálida que su rostro.
Una vez listos, bajaron. El coche esperaba en la puerta, llena de confeti y de ramilletes de flores.
Se unieron a la fila.