El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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Franz y Albert se parecían a esos hombres a los que, para distraerlos de un gran disgusto, se les lleva a una orgía, y que a medida que beben y que se emborrachan, sienten que un velo se espesa entre el pasado y el presente. Seguían viendo, o más bien seguían sintiendo en ellos el reflejo de lo que habían visto. Pero poco a poco, la embriaguez general se fue amparando de ellos: les pareció que su razón titubeante iba a abandonarles; sentían una extraña necesidad de tomar parte en todo ese ruido, en todo ese movimiento, en todo ese vértigo. Un puñado de confeti que le llegó a Morcerf de un coche vecino, y que, cubriéndole de polvo, así como a sus dos acompañantes, le picó en el cuello y en todas las partes del rostro que la máscara no cubría, como si le hubieran lanzado un centenar de alfileres, acabó de empujarle a la batalla general en la que ya estaban enzarzadas todas las máscaras que se iban encontrando. Se incorporó a su vez en el coche, metió las manos en los sacos y, con todo el vigor y la destreza de la que era capaz, envió a su vez puñados de huevos y de peladillas a todos los que encontraba.






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