El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —¡Hombre! Qué quiere usted, señor Edmond —repuso el armador que parecÃa consolarse cada vez más—, todos somos mortales, y es bien necesario que los viejos dejen el sitio a los jóvenes, sin eso no habrÃa progreso, y puesto que usted me garantiza la carga…
—Está en buen estado, señor Morrel, se lo aseguro. Este es un viaje del que le aconsejo contar con no menos de 25.000 francos de beneficio.
Después, como acababa de sobrepasar el torreón:
—¡Listos para cargar las velas de la cofa, el foque y la cangreja! —gritó el joven marino—. ¡Rápido!
La orden se ejecutó casi con tanta rapidez como en un barco de guerra.
—¡Arriar y recoger velas!
Tras la última orden, todas las velas se arriaron y el navÃo se acercó de una manera casi insensible, navegando solamente por la impulsión dada.
—Y ahora, si quiere embarcar, señor Morrel —dijo Dantès viendo la impaciencia del armador—, ahà está su contable, el señor Danglars, que sale de la cabina y que le dará toda la información que usted desee. En cuanto a mÃ, tengo que vigilar el fondeo y poner el navÃo en duelo.