El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Bertuccio se secó el sudor que le caÃa por la frente, pero obedeció; sin embargo, continuaba yendo hacia la izquierda.
Montecristo, por el contrario, se inclinaba hacia la derecha. Al llegar a una masa de árboles, se detuvo.
El intendente no pudo más.
—¡Aléjese, señor! —gritó—. ¡Aléjese, se lo ruego, está usted justo en el sitio!
—¿En qué sitio?
—En el mismo sitio en el que cayó.
—Mi querido señor Bertuccio —dijo Montecristo riendo—, vuelva en sÃ, se lo aconsejo; aquà no estamos en Sartène o en Corte. Esto no es un maquis, sino un jardÃn inglés, mal cuidado, es cierto, pero no hay que denigrarlo tanto por eso.
—¡Señor, no se quede ahÃ! ¡No se quede ahÃ! Se lo suplico.
—Creo que se está usted volviendo loco, maese Bertuccio —dijo frÃamente el conde—, si es asÃ, avÃseme, pues haré que le encierren en una casa de salud antes de que ocurra una desgracia.