El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—Pues ya ve usted, señor —exclamó el intendente—, que esto no es natural; que teniendo que comprar una casa en París, usted la comprara exactamente en Auteuil, y que al comprarla en Auteuil, ¡esa casa fuera el número 28 de la calle de la Fontaine! ¡Ah! ¿Por qué no se lo conté todo allá, monseñor? Así no me habría exigido que viniera. Yo esperaba que la casa del señor conde fuera otra, y no esta. ¡Como si no hubiera otra casa en Auteuil que la del asesinato!

—¡Oh!, ¡oh! —dijo Montecristo parándose en seco—. ¡Qué palabra tan fea acaba usted de pronunciar! ¡Diablo de hombre! ¡Corso acérrimo! ¡Siempre con misterios y supersticiones! Veamos, coja ese farol y visitemos el jardín; conmigo no tendrá usted miedo, ¡espero!

Bertuccio cogió el farol y obedeció.

La puerta, al abrirse, dejó ver un cielo gris macilento en el que la luna se esforzaba en vano por luchar contra un mar de nubes que la cubrían con sus olas sombrías, iluminadas por un instante, y que iban enseguida a perderse, más oscuras aún, en las profundidades del infinito.

El intendente fue hacia la izquierda.

—No, no, señor —dijo Montecristo—, ¿para qué vamos a seguir por el sendero? Aquí hay un césped estupendo, sigamos todo recto.


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