El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —¿Y cómo sabe usted eso, diga?
—Es decir, que debe dar al jardín.
—Pues bien, vamos a asegurarnos.
Bertuccio suspiró y pasó delante. La escalera daba, efectivamente, al jardín.
En la puerta exterior Bertuccio se detuvo.
—¡Vamos, señor Bertuccio, vamos! —dijo el conde.
Pero este estaba aturullado, estupefacto, anonadado. Con la mirada perdida miraba por todo alrededor como si buscara las huellas de un pasado terrible, y con sus manos crispadas parecía que intentaba espantar recuerdos horrorosos.
—¿Y bien? —insistió el conde.
—¡No! ¡No! —exclamó Bertuccio agarrándose al muro interior—. No, señor, no seguiré adelante, ¡es imposible!
—¿Pero qué está diciendo? —articuló la irresistible voz de Montecristo.