El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—Gracias, gracias —dijo Montecristo, juzgando por la postración del intendente que no podía seguir tensando más esa cuerda sin peligro de romperla—; ¡gracias! Deme las velas, buen hombre.

—¿Tengo que acompañar al señor?

—No, no es necesario; Bertuccio me alumbrará.

Y Montecristo acompañó estas palabras con la donación de dos monedas de oro que levantaron una explosión de bendiciones y de suspiros.

—¡Ah! ¡Señor! —dijo el guardián de la casa después de buscar inútilmente por el reborde de la chimenea y por los estantes de al lado—, es que no tengo velas aquí.

—Coja uno de los faroles del coche, Bertuccio, y enséñeme los aposentos —dijo el conde.

El intendente obedeció sin hacer ninguna observación, pero era fácil ver, por el temblor de la mano que sujetaba el farol, lo que le costaba obedecer.

Recorrieron una planta baja bastante extensa; un primer piso compuesto de un salón, un cuarto de baño y dos dormitorios. En uno de esos dormitorios había una escalera de caracol cuyo final daba al jardín.

—Vaya, una escalera de escape —dijo el conde—, es bastante cómodo. Alúmbreme, señor Bertuccio; pase delante y vamos a ver adónde nos conduce esta escalera.

—Señor —dijo Bertuccio—, da al jardín.


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