El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—¡Oh! Señor —dijo el guardián— no tendré que echarle mucho de menos, pues le veíamos en muy raras ocasiones; hace más de cinco años que no viene, ¡a fe mía que ha hecho bien en vender una casa que no le reportaba absolutamente nada!

—¿Y cómo se llamaba su antiguo señor? —preguntó Montecristo.

—El señor marqués de Saint-Méran; ¡ah!, seguro que no ha vendido la casa por lo que le costó, estoy seguro.

—¡El marqués de Saint-Méran! —repuso Montecristo—. Pues me parece que ese nombre no me es desconocido —dijo el conde—; el marqués de Saint-Méran…

Y pareció que buscaba en sus recuerdos.

—Un viejo gentilhombre —continuó el portero—, un fiel servidor de los Borbones; tenía una hija única a la que había casado con el señor de Villefort, que fue fiscal del rey en Nimes y después en Versalles.

Montecristo echó una mirada a Bertuccio, más lívido que la pared contra la que se apoyaba para no caer.

—¿Y esa hija murió? —preguntó Montecristo—. Me parece que oí decir eso.

—Sí, señor, hace veintiún años y, desde entonces, no hemos visto ni tres veces al pobre y querido marqués.


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