El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —Asà que el abate Busoni me mintió —dijo— cuando, después de su viaje a Francia en 1829, le envió a mÃ, provisto de una carta de recomendación en la que me recomendaba sus preciadas cualidades. Y bien, voy a escribir al abate, le haré responsable de su protegido, y sabré sin duda qué es todo ese asunto del asesinato. Pero, le prevengo, señor Bertuccio, que cuando vivo en un paÃs, tengo la costumbre de adecuarme a sus leyes, y que no tengo ninguna gana de tener desavenencias con la justicia de Francia.
—¡Oh! No haga eso, Excelencia, yo le he servido fielmente, ¿no es as� —exclamó Bertuccio al borde de la desesperación—. Siempre he sido un hombre honrado, e incluso he hecho mis buenas acciones lo mejor que he podido.
—No digo que no —repuso el conde—, ¿pero por qué diablos se agita usted de esa manera? Es una mala señal: una conciencia limpia no produce tanta palidez en las mejillas, ni tanta fiebre en las manos de un hombre…
—Pero, señor conde —repuso dubitativo Bertuccio—, ¿no me ha dicho usted mismo que el abate Busoni, que oyó mi confesión en las cárceles de Nimes, le habÃa advertido, al enviarme con usted, que yo tenÃa un duro reproche que hacerme?