El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—Sí, pero como me lo envió diciéndome que sería un buen intendente, yo creí que usted había robado, ¡eso es todo!

—¡Oh! ¡Señor conde! —dijo Bertuccio con desprecio.

—O que, como usted era corso, no se había podido resistir al deseo de «hacer una piel a alguien», como se dice en el país como antífrasis, pues lo que se hace, por el contrario, es «deshacerla», esa piel.

—Y bien, sí, monseñor, sí, mi buen señor, ¡es eso! —exclamó Bertuccio echándose a los pies del conde—. Sí, es una venganza, lo juro, una simple venganza.

—Comprendo, pero lo que no comprendo es que sea justamente esta casa la que le excita hasta ese modo.

—Pero, monseñor, ¿no es natural que así sea puesto que fue en esta casa donde se llevó a cabo la venganza?

—¡Cómo! ¡En mi casa!

—¡Oh! Monseñor, aún no era su casa —respondió ingenuamente Bertuccio.

—¿Pero, de quién era? Del señor marqués de Saint-Méran, creo que nos ha dicho el portero. ¿De qué diablos tenía usted que vengarse del marqués de Saint-Méran?

—¡Oh! No era de él, monseñor, era de otra persona.


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